Tres días descubriendo Euskadi

Ya ni me molesto en buscar excusas para poder pasar unos días por Euskadi. Me acabo escapando allí siempre que puedo. Gente encantadora, gastronomía de lujo, cultura, arte y un montón de rincones para descubrir o reencontrarse con ellos. En esta ocasión fuimos TxemaJoan y Zai con un plan muy simple: Usar tres días y visitar cada día una de sus capitales, San Sebastián, Bilbao y Vitoria.

Siento debilidad por San Sebastián. Me encanta. Así que según llegamos, dejamos el equipaje en el hotel Astoria y nos fuimos a ver si podíamos ver el atardecer en la Concha, su playa más emblemática. Tuvimos muchísima suerte y acabamos disfrutando de un atardecer precioso e improvisando una sesión de fotos. Fue una toma de contacto rapidita antes de ponernos en marcha al día siguiente.

Nos armamos de valor para madrugar y visitar uno de los sitios clave para ver el amanecer. El Peine del Viento. Allí suelen romper las olas contra las rocas con una fuerza  descomunal, pero la marea estaba tan baja cuando llegamos que hasta pudimos bajar y caminar sobre las rocas mientras salía el sol. Todo un lujo inesperado.

Si nos gusta ver cosas, nos gusta mucho más comer, para que negarlo, pero esta vez lo hicimos de manera diferente. Nos fuimos a aprender a hacer pintxos nosotros mismos. Bueno con ayuda de Gabriella y Josetxo, que nos llevaron a comprar productos de primera clase al mercado de la Bretxa, como parte del taller de pintxos de Gabriellas Kitchen. Ni recuerdo las horas que pasamos cocinando y comiendo la mismo tiempo… y regándolo con txacoli.

Y por si fuera poco, continuamos con la jornada gastronómica. Acabamos en Astigarraga, en una sidrería tradicional, la Sidrería Astarbe, de estas que tienen las enormes barricas de madera llenas de sidra y donde se bebe al grito de “txoootx!”. Si no habéis estado nunca no os lo podéis perder. Es toda una experiencia y una manera magnífica de interactuar con el resto de comensales. Es fácil salir con nuevos amigos de una sidrería.

Al día siguiente, nos fuimos a Bilbao. Ya sabéis que han dejado la ciudad preciosa después de que la remodelaran a finales del siglo XX, así que cada vez dan más ganas de perderse pasear por la orilla del Nervión y patear el casco viejo. Además nosotros nos hospedamos a su vera, en el Hotel Esperia, con unas vistas inmejorables.

Nosotros estuvimos visitando el Guggenheim, pero esta vez lo hicimos de una manera diferente como parte del programa Guggenheim+, que consiste en visitar el museo pero también sus tripas. Me explico, empiezas haciendo todo el recorrido como si fueras una obra de entra, entrando por los muelles de carga y moviéndote en los ascensores de la zona. Además pudimos visitar los almacenes, las zonas de restauración, aprender como trabaja el museo y como extra… visitar la azotea del museo.

Tampoco nos resistimos a irnos de pintxos por el Casco Viejo, si es que somos unos fáciles, pero es imposible resistirse entre tantas delicatessen, si vais y no sabéis por donde empezar os recomiendo que os lancéis a la plaza Nueva y si tenéis duda en que comer, preguntad sin miedo al camarero que os recomendará con honestidad para que os vayáis con el estómago contento.

La verdad es que nos llovió un poco, pero no por eso dejamos andar por las calles empedradas y perdernos un poquito, que ya sabéis que nos encanta. Acabamos cenando en el restaurante Yandiola, que está situado dentro de la Alhóndiga, un edificio renovado donde antes había un almacén de vino. 

Nos quedaba un último día y lo pasamos en Vitoria. Esa gran desconocida. Nos alojamos en el casco antiguo, en la casa de los Arquillos, un pequeño hotel muy personal con poquitas habitaciones y una localización excelente. Vitoria nos la recorrimos de arriba abajo casi enterita y la visita a la Catedral de Santa María fue todo un acierto. La Catedral está en pleno proceso de renovación, pero aún así se puede visitar. Es una oportunidad única para ver todo el proceso desde dentro, en vivo, y además ver la catedral desde un punto nuevo. Para los que os guste la literatura, esta Catedral es en la que se inspiró Ken Follett para escribir Un Mundo sin Fin, la continuación de los Pilares de la Tierra.

Comimos en el Portalón para coger fuerzas y seguir recorriendo el casco viejo, un restaurante dentro de un edificio antiquísimo, de corte medieval, lleno de salones, paredes y techos de madera. Sólo por el edifico merece la pena, pero se come de lujo.

Por cierto, que si os entretenéis en vuestra visita al casco viejo, veréis que hay un montón de murales espectaculares, que ocupan fachadas enteras de los edificios. Son parte del itinerario muralístico de la Ciudad y están hechos con ayuda de los vecinos. Seguro que os encantarán.

Acabamos cenado y cerrando el viaje en el restaurante Ikea. No confundir con la tienda de mobiliario sueco, ¿eh? El restaurante Ikea estaba antes y además ahora está más moderno que nunca tras dejar su renovación estética a manos del diseñador Mariscal, que le ha dado su impronta a todo el lugar. Además, por si os cabía alguna duda se come de maravilla. Cocina tradicional con toques modernos. Toda una mezcla igual de variada que las tres capitales vascas.

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